Esta semana se cumplen 30 años de la
publicación de la carta fundacional del Movimiento Islámico de Resistencia, más
conocido como Hamás. Merece la pena repasar el documento, dados el conflicto en
curso en Gaza, la extendida confusión acerca de los objetivos de Hamás y la
errada idea de que Israel puede llegar a un acomodo con esta organización
terrorista.
Desde el principio, el texto deja claro que
la ideología de Hamás tiene el islam en su raíz, y es un recordatorio –sobre
todo para aquellos que falsamente creen que el conflicto israelo-palestino es
una mera cuestión territorial– de que para muchos palestinos esta es una
querella de orden religioso. No tienes más que leer el preámbulo para saber de
qué va el documento, y que es de inspiración islámica:
Israel existirá y seguirá existiendo hasta
que el Islam acabe con él, como ha acabado con otros previamente.
El artículo 15 dice explícitamente:
El palestino es un problema religioso, y
como tal ha de afrontarse.
La carta enfatiza repetidas veces que a
Hamás no le importa realmente el Estado de Israel; con quien está en guerra es
con el pueblo judío. Así, dice en la introducción:
Nuestra lucha contra los judíos es muy grave
e importante (…) El Movimiento no es sino un escuadrón que debería ser apoyado
por más y más escuadrones del vasto mundo árabe y musulmán, hasta que el
enemigo sea derrotado y la victoria de Alá, llevada a efecto.
El artículo 7 dice que Hamás “aspira al
cumplimiento de la promesa de Alá, no importa el tiempo que lleve”. ¿Y a qué
promesa se refiere?
El Día del Juicio no llegará mientras los
musulmanes no combatan a los judíos, cuando el judío se esconda tras las
piedras y los árboles y los árboles y las piedras digan: “Oh musulmanes, oh
Abdulá, hay un judío tras de mí, venid y matarlo”.
Igualmente, la carta regurgita conocidos
bulos antisemitas. En el artículo 22 se habla de cómo los judíos acumulan
dinero para “controlar el mundo de los medios, las agencias de noticias, la
prensa, las casas editoriales y las emisoras de radio”. Los judíos estuvieron
“detrás de la Revolución Francesa, de la comunista y de la mayoría de [las
demás] revoluciones”, y emplearon su dinero para conformar “organizaciones secretas
como la de la francmasonería, la de los rotarios (…) y otras (…) para sabotear
las sociedades y alcanzar los objetivos sionistas”.
No sólo eso, sino que su riqueza permitió a
los judíos “controlar países de manera imperialista e instigarlos a colonizar
numerosos países para permitirles explotar sus recursos y esparcir en ellos la
corrupción”. En varios lugares de la carta, Hamás se refiere a los judíos como
“nazis”, y el artículo 32 basa sus conclusiones sobre los judíos en los
Protocolos de los Sabios de Sión.
La mayoría de quienes expresaran estas
ideas serían considerados unos lunáticos antisemitas, pero hay gente que cree
que hay que tomar seriamente a Hamás como interlocutor para la paz.
Aunque no hay base histórica o religiosa
para ello, Hamás asegura en el artículo 11 que “Palestina es un waqf islámico
consagrado a las generaciones musulmanas hasta el Día del Juicio” que debe
regirse por la sharia. Lo cual quiere decir que no hay lugar para los judíos o
para un Estado judío en territorio sagrado para el islam.
Quienes ingenuamente crean que los
palestinos se contentarían con un Estado en la Margen Occidental y Gaza,
deberían leer el artículo 6, que dice que Hamás “pugnará por alzar la bandera
de Alá sobre cada pulgada de Palestina”. El artículo 13 abunda en que “no hay
solución para la cuestión palestina salvo mediante la yihad. Iniciativas,
propuestas y conferencias internacionales son todo empresas vanas y una pérdida
de tiempo”. Algunos apologetas de los islamistas aducirán que la palabra yihad
tiene un significado benigno, relacionado con el esfuerzo interior [de los
individuos]; ahora bien, en este contexto Hamás no deja dudas de que se está
refiriendo a una guerra santa contra los judíos.
Además, Hamás pretende convertirla en una
guerra santa global que implique a todo el mundo musulmán. El artículo 14 dice
que la “liberación de Palestina” es un deber para cada musulmán. No sorprende
que Hamás considere el tratado de paz entre Egipto e Israel una traición, y que
se oponga a que cualquier otro país árabe llegue a un acuerdo con Israel (art.
32).
Hamás mira atrás con nostalgia, al tiempo
en que los musulmanes controlaban un imperio poderoso y expulsaron a los
cruzados. El artículo 35 dice que los musulmanes deben “hacer frente a la
invasión sionista y derrotarla”.
La cláusula más fabulosa, si puedes verle
la gracia a un manifiesto genocida, es la que dice (art. 31) que Hamás es un
“movimiento humanista” que “se preocupa por los derechos humanos y se guía por
la tolerancia islámica en lo atinente a los seguidores de otras religiones”. El
artículo dice también que las tres grandes religiones pueden coexistir, pero
sólo “bajo el ala del islam”. Para qué hablar de la vigente e histórica
persecución de los judíos y los cristianos bajo gobierno islámico.
El año pasado Hamás publicó una declaración
de “políticas y principios generales” a fin de moderar su imagen y ganar
reconocimiento internacional. Pero la declaración fue mayormente una
reafirmación de sus posiciones previas, si bien tenía la llamativa novedad del
empleo de la palabra sionistas en un esfuerzo por disimular la animadversión
hacia los judíos.
El gran objetivo de Hamás no ha cambiado y
sigue siendo inequívoco: la creación de un Estado islámico Judenrein desde el
Mediterráneo hasta el Jordán.
Quizá sea posible negociar treguas
temporales, pero Hamás jamás renunciará a su misión. Parafrasendo a Golda Meir,
diremos que Hamás quiere a todos los judíos muertos y que los judíos quieren
vivir; y que entre la vida y la muerte no hay lugar para el compromiso.
Mitchell Bard
Director ejecutivo de la American-Israeli
Cooperative Enterprise (AICE) y director de la Jewish Virtual Library. Autor de
obras como ‘MItos y realidades de Israel’ y ‘The Arab Lobby’.
Hamás cumple 30 años
16/Ago/2018
Revista El Medio- por Mitchell Bard